¿Qué pasaría si Trump controlara el petróleo venezolano?

¿Qué le pasará al planeta si Trump se apodera de todo el petróleo de Venezuela?

Venezuela concentra una de las mayores riquezas energéticas del planeta, pero su explotación plantea interrogantes que van más allá del volumen de barriles disponibles. La captura de Nicolás Maduro reavivó el interés internacional por estos recursos, al tiempo que encendió alertas sobre su impacto ambiental, su viabilidad económica y su significado en un mundo que busca transitar hacia energías más limpias.

Durante décadas, el petróleo ha sido el eje central de la economía venezolana y un factor clave en su relación con Estados Unidos. La estimación de más de 300.000 millones de barriles de reservas probadas sitúa al país por encima de cualquier otra nación en términos de volumen bajo tierra. Sin embargo, la magnitud de ese recurso no equivale necesariamente a facilidad de extracción ni a rentabilidad garantizada. Tras el derrocamiento de Maduro, el interés expresado por Donald Trump en controlar o aprovechar estos yacimientos reabrió un debate complejo que combina geopolítica, energía y crisis climática.

El atractivo del petróleo venezolano radica, en principio, en su abundancia. Para una administración estadounidense favorable a los combustibles fósiles, la posibilidad de que empresas norteamericanas participen en su explotación representa una oportunidad estratégica. No obstante, especialistas en energía y medioambiente advierten que este crudo presenta características técnicas que lo convierten en uno de los más problemáticos del mundo desde el punto de vista ambiental.

Un recurso vasto, aunque marcado por una notable complejidad técnica

La mayor parte del petróleo venezolano se ubica en la faja del Orinoco, una extensa franja que cruza el oriente del país, donde predomina un crudo pesado y ácido cuyas características difieren notablemente de los petróleos ligeros que circulan con mayor facilidad en otros mercados; su elevada densidad y viscosidad lo asemejan a una sustancia casi semisólida más que a un líquido común, lo que genera desafíos adicionales desde el inicio mismo del proceso de extracción.

Este tipo de crudo no surge de manera espontánea del yacimiento, y para desplazarlo se requiere calor, generalmente aportado mediante inyección de vapor, un método que demanda una enorme cantidad de energía; en la práctica, esa energía procede en su mayoría del gas natural, lo que incrementa directamente las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a cada barril extraído.

Desde una perspectiva climática, el desafío no se define por ideologías ni posturas políticas, sino por factores físicos. El elevado nivel de carbono presente en el crudo pesado venezolano genera una huella climática mucho más alta que el promedio mundial. Cada fase del proceso —desde la extracción hasta el transporte y la refinación— demanda un mayor consumo energético, lo que deriva en un incremento notable de las emisiones totales.

Procesos de refinación de alto costo y con niveles elevados de emisiones

Las dificultades no terminan en el pozo. Una vez extraído, el petróleo venezolano presenta un elevado contenido de azufre, lo que complica su refinación. Transformarlo en productos utilizables como gasolina, diésel o combustible para aviación exige instalaciones especializadas y procesos industriales más intensivos que los requeridos para crudos más livianos.

Estas tareas adicionales elevan tanto los costos como el impacto ambiental, ya que las refinerías requieren un mayor consumo energético para depurar impurezas y ajustarse a los estándares internacionales de calidad de combustibles, lo que introduce otra fase de emisiones dentro del ciclo total del petróleo.

A este escenario se suma también el deterioro de la infraestructura energética del país, donde años de escasa inversión y mantenimiento han afectado oleoductos, refinerías y redes de transporte. Este desgaste incrementa la posibilidad de fugas, derrames y prácticas altamente contaminantes, como la quema habitual de gas, un método empleado para eliminar el gas asociado a la extracción cuando no hay tecnologías disponibles para capturarlo y utilizarlo.

Metano, fugas y un problema climático agravado

Uno de los factores que más inquietud genera en materia ambiental es la elevada intensidad de las emisiones de metano asociadas a la industria petrolera venezolana, un gas de efecto invernadero sumamente poderoso cuya capacidad de calentamiento supera ampliamente, en el corto plazo, a la del dióxido de carbono.

Diversas estimaciones señalan que la intensidad de metano asociada a las operaciones petroleras en Venezuela rebasa con creces el promedio mundial, mientras que la quema de gas y las fugas sin control aportan de forma notable a este inconveniente, intensificando el efecto climático de cada barril extraído.

En una comparación directa, la contaminación climática asociada a un barril de petróleo venezolano supera con creces, más del doble, el promedio mundial, lo que sintetiza el problema de fondo: pese a que el país dispone de vastas reservas, su extracción implica un impacto climático especialmente elevado justo cuando la comunidad internacional busca disminuir emisiones y avanzar en los compromisos de descarbonización.

Vertidos, daños ecológicos y ausencia de claridad

El impacto ambiental del petróleo venezolano va mucho más allá del cambio climático, pues el país lidia desde hace tiempo con un problema crónico de derrames de crudo, originado tanto por la obsolescencia de su infraestructura como por la insuficiente supervisión y el mantenimiento deficiente.

La falta de información oficial reciente impide evaluar con exactitud la verdadera dimensión del problema. Desde mediados de la década pasada, la empresa estatal dejó de difundir reportes pormenorizados sobre incidentes ambientales. Aun así, diversas organizaciones independientes han registrado numerosos derrames en varias regiones del país, en particular en áreas próximas a oleoductos e instalaciones petroleras.

Estos episodios tienen consecuencias directas sobre ecosistemas, fuentes de agua y comunidades locales. Manglares, ríos y tierras agrícolas han sido afectados por vertidos que, en muchos casos, no reciben una respuesta rápida ni procesos de remediación efectivos. Este historial ambiental plantea serias dudas sobre la capacidad de una expansión petrolera para operar bajo estándares aceptables de sostenibilidad.

La sostenibilidad financiera dentro de un entorno de mercado en constante transformación

Más allá de las implicaciones ambientales, la explotación del petróleo venezolano afronta hoy profundas dudas económicas. Desde mediados de la década pasada, la producción nacional ha retrocedido de forma marcada: pasó de rozar los dos millones de barriles diarios a situarse por debajo del millón, un descenso impulsado por sanciones internacionales, insuficiente inversión y un notable deterioro operativo.

Restablecer siquiera el nivel actual de producción requeriría inversiones multimillonarias sostenidas durante años. Mantener el ritmo existente implicaría destinar decenas de miles de millones de dólares, mientras que recuperar los volúmenes de la llamada época dorada, cuando el país superaba los tres millones de barriles diarios, demandaría una inversión aún más elevada.

Todo esto ocurre en un contexto global marcado por una abundancia relativa de petróleo, precios moderados y señales crecientes de que la demanda mundial podría acercarse a su punto máximo en las próximas décadas. En ese escenario, apostar por un crudo costoso y altamente contaminante resulta, para muchos analistas, una decisión difícil de justificar desde el punto de vista financiero.

Repercusiones internacionales y el debate en curso sobre la transformación del sistema energético

Las consecuencias de una eventual expansión de la producción petrolera venezolana trascienden las fronteras del país. Un aumento significativo tendría efectos sobre los mercados energéticos y sobre los esfuerzos globales para mitigar la crisis climática.

Aunque un aumento en la oferta proveniente de Venezuela no implicaría necesariamente un mayor consumo global —pues podría equilibrarse con descensos en otras zonas—, su efecto político y simbólico sería notable, ya que fortalecer la dependencia de los combustibles fósiles en un periodo crucial podría desviar atención, recursos y determinación de la transición hacia energías renovables.

Desde esta óptica, el principal peligro no proviene solo de las emisiones directas, sino del mensaje que implicaría retomar una disputa por dominar los recursos fósiles; diversos especialistas consideran que mantener este enfoque perpetúa dinámicas propias del siglo XX centradas en la pugna por materias primas, en vez de impulsar la cooperación internacional y alternativas sostenibles ante el cambio climático.

Un recurso clave en un mundo que cambia constantemente

El petróleo venezolano encarna una paradoja profunda. Es, al mismo tiempo, una de las mayores reservas energéticas del planeta y uno de los recursos más problemáticos desde el punto de vista ambiental y económico. La caída de Maduro y el interés manifestado por actores internacionales reabrieron una discusión que parecía estancada, pero lo hicieron en un contexto global muy distinto al de décadas anteriores.

Hoy ya no se cuestiona únicamente quién administra el petróleo venezolano, sino si explotarlo de forma intensiva resulta coherente en un mundo que encara límites climáticos cada vez más evidentes. Entre la atracción de un recurso abundante y la presión por acelerar una transición energética, Venezuela queda ubicada en el epicentro de un debate que perfila el porvenir del modelo energético global.

Por Julia Collado Mireles